No me dijo que fuera impulsiva. Ni que tuviera un problema para gestionar el enfado. Lo primero que me dijo fue:
«No llego a tiempo.»
Recuerdo perfectamente aquella primera sesión.
Me explicó que siempre se daba cuenta después. Después de responder de una manera que no quería. Después de levantar la voz. Después de decir algo de lo que, casi con toda seguridad, terminaría arrepintiéndose.
Había un espacio muy pequeño entre lo que ocurría y su reacción. Pero ella nunca conseguía entrar en ese espacio. Cuando se daba cuenta de lo que estaba pasando, la discusión ya había empezado.
Y entonces aparecía una sensación que también conocía muy bien.
La culpa.
No por haberse enfadado, sino por pensar:
«Otra vez he reaccionado igual.»
Desde entonces, he escuchado esa misma frase muchas veces. Con palabras distintas. Pero hablando exactamente del mismo problema.
No hablan del reloj
Cuando alguien me dice que no llega a tiempo está hablando de ese instante en el que deja de elegir cómo responder y empieza a reaccionar en automático.
Es un momento muy breve que muchas veces pasa desapercibido.
Por eso algunas personas pueden acabar creyendo que el problema es que son impulsivas. Que tienen mal carácter. Que les falta fuerza de voluntad. Pero muchas veces la explicación es otra.
Nuestro cerebro no espera a que terminemos de pensar
Cuando interpretamos una situación como una amenaza, nuestro sistema de alerta se activa en cuestión de milisegundos.
Es un mecanismo extraordinario.
Gracias a él, nuestros antepasados podían reaccionar rápidamente cuando aparecía un peligro real. No era momento para ponerse a reflexionar. Era momento de actuar.
Hoy, sin embargo, rara vez tenemos delante un león o un rinoceronte lanudo. Lo que solemos tener es una conversación incómoda. Un comentario que interpretamos como un desprecio. Una crítica. Una mala cara. Un silencio que sentimos como rechazo. O una frase aparentemente inocente.
Y esta es la idea que para mí es fundamental.
Nuestro sistema de alerta no responde únicamente a lo que ocurre. Responde, sobre todo, a la interpretación que hacemos de lo que ocurre.
Dos personas pueden escuchar exactamente la misma frase. Una apenas le dará importancia. La otra sentirá que le están atacando.
Cada cual interpreta la realidad desde su propia historia, sus experiencias, sus aprendizajes y sus creencias. Por eso me gusta recordar una idea que repito a menudo:
El mapa no es el territorio.
No reaccionamos a la realidad. Reaccionamos a la realidad tal y como la estamos interpretando en ese momento. Y cuando esa interpretación suena a amenaza, el sistema de alerta empieza a tomar el mando.
Durante unos instantes, responder tiene prioridad sobre reflexionar. Y esos instantes, aunque sean muy breves, muchas veces bastan para responder de una manera de la que después nos arrepentimos.
El error no suele estar donde creemos
Muchas personas llegan convencidas de que necesitan aprender a controlar el enfado. Y es lógico. Porque el enfado es lo que más duele.
Lo que genera discusiones. Lo que deteriora las relaciones. Lo que deja culpa después.
Sin embargo, intentar controlar el enfado cuando ya ha tomado el mando es como pretender aprender a nadar cuando te estás ahogando.
No digo que sea imposible.
Digo que cuanto antes empieces a actuar, más posibilidades tendrás de elegir cómo responder.
Por eso, en GTI —Gestiona Tu Ira—, el trabajo no empieza intentando controlar el enfado. Empieza mucho antes.
Aprender a llegar antes
Una de las cosas que entrenamos es reconocer las primeras señales.
Quizá notas que aprietas la mandíbula. Que respiras más rápido. Que el pecho se tensa. O que tu tono de voz empieza a cambiar sin que apenas seas consciente.
También puedes prestar atención a los pensamientos.
«Ya está otra vez.»
«No me escucha.»
«Me está faltando al respeto.»
«Siempre tengo que ser yo.»
Y casi sin darte cuenta, dejas de intentar comprender lo que está pasando.
Ahora tu objetivo ya no es entender. Es defenderte. O demostrar que tienes razón.
Cuando aprendemos a detectar esas primeras señales, recuperamos ese pequeño espacio entre lo que ocurre y nuestra reacción.
No hace falta que sea un minuto. A veces bastan unos segundos. Y son esos segundos los que vuelven a darnos algo que parecía haber desaparecido. La posibilidad de elegir.
Cinco preguntas para empezar a llegar antes
Si quieres empezar a observarte, puedes hacerte estas preguntas:
¿Qué noto primero en mi cuerpo cuando empiezo a enfadarme?
¿Qué pensamiento suele aparecer justo antes de reaccionar?
¿Con qué personas o en qué situaciones me ocurre más a menudo?
¿Qué suelo interpretar como una amenaza?
¿Qué podría hacer cinco segundos antes de responder?
No hace falta responderlas todas ahora mismo. Basta con empezar a observarte.
Porque cuanto antes conozcas tus señales, antes podrás darte cuenta de que algo está empezando a cambiar.
Quizá la pregunta sea otra
Cuando alguien me pregunta cómo controlar mejor el enfado, casi siempre termino haciéndole otra pregunta.
¿Cómo podrías darte cuenta antes?
Porque, muchas veces, el objetivo no es reaccionar mejor. El objetivo es llegar antes.
Y me gustaría terminar volviendo a aquella primera sesión.
Meses después, esa misma persona me dijo algo que resume mucho mejor que yo todo lo que acabamos de ver.
«Sigo enfadándome. Pero ahora me doy cuenta antes.»
No había dejado de enfadarse. Seguía sintiendo la emoción.
La diferencia estaba en que empezaba a reconocer las señales antes de que el sistema de alerta tomara completamente el mando. Y eso le permitía hacer algo que antes parecía imposible.
Elegir.
Para mí, ese es el verdadero cambio.
No dejar de enfadarte. No convertirte en alguien que nunca pierde la calma. Sino aprender a llegar a tiempo.
Y, muchas veces, esos pocos segundos cambian una conversación. Una relación. O incluso la imagen que acabas teniendo de ti mismo.

