Dos personas pueden vivir exactamente la misma situación y reaccionar de maneras completamente distintas.
Un comentario que a ti te sienta fatal puede dejar a otra persona completamente indiferente.
Un atasco puede hacer que alguien aproveche para escuchar tranquilamente un pódcast y que otra persona, en ese mismo atasco, termine enfadada con medio mundo sin haberse bajado siquiera del coche.
Y ese mensaje de WhatsApp que tú lees y piensas: «¿Perdona?».
Otra persona lo lee y sigue con su vida.
Mismo mensaje.
Distinto enfado.
¿Por qué?
Si alguna vez te has preguntado «¿por qué me enfado tanto?», la respuesta no está solo fuera.
Porque no reaccionamos únicamente a lo que ocurre. Reaccionamos también a lo que pensamos sobre lo que ocurre.
Y entender esto cambia bastante las cosas.
NO EXISTEN LOS ENFADOS, EXISTEN PERSONAS QUE SE ENFADAN
Cuando nos enfadamos, es muy fácil encontrar la explicación fuera.
«Me he enfadado porque me ha hablado mal.»
«Me pongo así porque nunca me escucha.»
«Es que siempre hace lo mismo.»
«Normal que me enfade.»
Y ojo, lo que ocurre importa.
Hay comentarios que duelen, comportamientos que molestan, situaciones injustas y personas que pueden sacarnos bastante de nuestras casillas.
No se trata de negar eso ni de convertirte en una especie de monje zen al que todo le parece estupendo.
Se trata de entender que entre lo que ocurre y cómo reaccionas hay algo más.
Estás tú.
Tu historia.
Tus expectativas.
Lo que has aprendido.
El momento en el que te encuentras.
Y, sobre todo, la interpretación que haces de lo que acaba de pasar.
Por eso me gusta decir que no existen los enfados, existen personas que se enfadan.
Porque el enfado no se crea de la nada.
Te sucede a ti.
GESTIONAR EL ENFADO EMPIEZA POR ENTENDER LO QUE INTERPRETAS
Imagina que alguien no responde a un mensaje que le has enviado.
Ese es el hecho.
No ha respondido.
A partir de ahí puede empezar la fiesta.
«Está pasando de mí.»
«Ya estamos otra vez.»
«Lo hace a propósito.»
«Siempre tengo que ir detrás de todo el mundo.»
«Pues ahora que no espere que yo…»
Y quizá la otra persona está en una reunión.
O conduciendo.
O ha leído el mensaje mientras hacía otra cosa y se le ha olvidado contestar.
O sí, quizá está pasando olímpicamente de ti.
Pero todavía no lo sabes.
Tu cuerpo puede haber empezado a reaccionar antes de que tengas toda la información.
El enfado aparece, aumenta la activación y tu capacidad para valorar otras explicaciones puede reducirse.
Y cuanto más alimentas una determinada interpretación, más coherente empieza a parecerte.
Por eso aprender a gestionar el enfado no consiste únicamente en respirar cuando ya estás a punto de explotar.
Hay mucho trabajo que hacer antes.
NO PIENSAS IGUAL TODOS LOS DÍAS
Además, hay algo que a veces olvidamos: no interpretamos la realidad siempre desde el mismo lugar.
No tienes la misma paciencia después de dormir ocho horas que después de dormir cuatro.
No piensas igual un día en el que sientes que todo fluye que otro en el que llevas desde las ocho de la mañana apagando fuegos.
No recibes igual un comentario cuando tienes un día tranquilo que cuando vas con la lengua fuera, tienes hambre, llegas tarde y alguien acaba de decirte justo eso que no necesitabas escuchar.
El cuerpo tiene mucho que decir sobre el enfado.
Pero la cabeza también hace su parte.
Cuando estamos cansados, estresados, saturados o funcionando en piloto automático tenemos menos recursos disponibles para detenernos, observar qué está ocurriendo y elegir cómo queremos responder.
Y ahí aparecen con más facilidad nuestros automatismos.
Los de siempre.
EL CAMINO POR EL QUE LLEVAS AÑOS PASANDO
Hay una imagen que lo resumen muy bien.
Piensa en un césped.
Si todos los días lo atraviesas por el mismo sitio, poco a poco la hierba empieza a desaparecer.
Al principio apenas se nota.
Pero poco después va apareciendo una marca.
Y, con el tiempo, tienes un camino perfectamente dibujado.
Ni siquiera necesitas pensar por dónde pasar.
Vas por ahí.
Con nuestros pensamientos y nuestras reacciones ocurre algo parecido.
Si durante años, ante determinadas situaciones, has pensado:
«No me tienen en cuenta.»
«Tengo que hacerlo todo yo.»
«Si no estoy pendiente, las cosas no salen.»
«Me está faltando al respeto.»
«Siempre hacen conmigo lo que quieren.»
Ese camino mental está bastante transitado.
Y cuando aparece una situación parecida, tu cabeza no necesita montar una reunión para decidir por dónde ir.
Tira por el camino conocido.
Eso explica por qué a veces reaccionamos tan rápido.
Y también por qué después pensamos:
«Otra vez.»
«Otra vez he saltado.»
«Otra vez he dicho lo que no quería decir.»
«Otra vez he perdido los nervios por una tontería.»
No es que hayas decidido conscientemente reaccionar así.
Es que llevas mucho tiempo practicando esa ruta.
PERO UN CAMINO APRENDIDO TAMBIÉN PUEDE CAMBIARSE
Esta es la parte importante.
Que tu cabeza haya aprendido a recorrer un camino no significa que tenga que recorrerlo siempre.
Puedes empezar a crear otros.
Al principio cuesta.
Porque el camino antiguo está despejado y el nuevo tiene una hierba tupida que además te llega hasta las rodillas.
Pero cada vez que consigues detectar antes lo que te está ocurriendo, cuestionar una interpretación automática, darte unos segundos antes de responder o elegir una manera diferente de expresar lo que necesitas, estás pasando por otro sitio.
Y cuanto más lo haces, más accesible se vuelve ese nuevo camino.
No ocurre de un día para otro.
Y tampoco consiste en repetirte «no me voy a enfadar, no me voy a enfadar, no me voy a enfadar» mientras notas cómo Hulk empieza a asomar por la puerta.
Consiste en conocerte mejor.
SI QUIERES ENFADARTE DE OTRA MANERA, NECESITAS ENTENDER CÓMO TE ENFADAS TÚ
Esta es una parte fundamental del trabajo que hago con las personas a las que acompaño.
Antes de buscar técnicas para «controlar» el enfado, necesitamos comprenderlo.
¿Cuáles son tus detonantes?
¿Cómo interpretas lo que ocurre?
¿Qué te dices?
¿Qué expectativas hay detrás?
¿Qué notas en tu cuerpo?
¿Qué patrones repites?
¿Explotas?
¿Te callas y acumulas?
¿Le das vueltas durante horas?
¿Te pones a la defensiva?
¿Necesitas tener razón?
Porque es muy complicado cambiar un mecanismo que todavía no reconoces.
Pero cuando empiezas a observarte, descubres que muchas veces el problema no es únicamente lo que está ocurriendo fuera, sino todo lo que ocurre dentro de ti.
Eso no significa culpabilizarte.
Significa recuperar margen de maniobra.
Porque si todo depende de que los demás cambien, lo tienes complicado.
Pero si una parte de lo que sientes y haces depende de cómo interpretas, anticipas y respondes a determinadas situaciones, entonces hay algo que sí puedes empezar a trabajar.
Y eso abre un maravilloso abanico de posibilidades.
GESTIONAR EL ENFADO NO SIGNIFICA DEJAR DE ENFADARTE
El objetivo no es convertirte en alguien a quien nada le molesta.
Ni dejar de poner límites.
Ni sonreír mientras por dentro estás pensando cosas que mejor no escribir aquí.
El objetivo es que puedas vivir con más tranquilidad.
Que no pierdas los nervios tan rápido.
Que una conversación complicada no te deje tres horas dándole vueltas.
Que puedas expresar lo que necesitas sin llegar a gritar, reprochar o dar un portazo.
Que puedas notar que algo te está activando y tener más opciones que reaccionar como siempre.
En definitiva, no se trata de no enfadarte. Se trata de aprender a enfadarte bien.
Y para eso hay un primer paso imprescindible:
Entender cómo funciona tu enfado.
Porque no te enfadas únicamente por lo que pasa. Te enfadas también por lo que eso significa para ti.
Y cuando empiezas a comprender ese significado, puedes empezar a cambiar tu manera de responder.
ENTENDER POR QUÉ TE ENFADAS TANTO ES EL PRIMER PASO PARA APRENDER A GESTIONARLO DE OTRA MANERA
Si estás cansado de perder los nervios demasiado rápido, sentirte sobrepasado o prometerte que la próxima vez reaccionarás de otra manera y terminar haciendo exactamente lo mismo, este es precisamente el trabajo que podemos hacer juntos.
En la primera sesión observaremos qué está ocurriendo en tu caso, qué patrones están manteniendo esas reacciones y por dónde empezar a trabajar para que puedas afrontar esas situaciones con más tranquilidad y más recursos.
Reserva ahora tu primera sesión y empieza a entrenar otra manera de enfadarte.

