Si hay algo que nos pasa a todos es que, muchas veces, cuando intentamos hablar de algo importante, acabamos en una discusión que no lleva a ninguna parte. Y lo curioso es que, más allá de lo que decimos, lo que realmente nos mete en ese lío es cómo lo decimos.
Por eso, antes de aprender a comunicarnos mejor, es clave saber qué cosas no deberíamos hacer si queremos evitar que una simple conversación se convierta en un choque de trenes.
Aquí van algunas trampas típicas en las que caemos sin darnos cuenta y que solo sirven para encender la mecha.
1️⃣ Recriminar: el arte de echar leña al fuego
A ver, todos hemos caído en esto alguna vez. Empiezas hablando de algo puntual y, sin darte cuenta, se convierte en un repaso detallado de todas las veces que la otra persona ha hecho lo mismo (o algo parecido).
Ejemplo clásico: «Oye, se te ha olvidado bajar la basura. Es que siempre igual, te lo tengo que recordar yo porque si no, no lo haces. Como la otra vez. Y la semana pasada igual.»
Y ya lo tenemos. Conversación convertida en discusión en tiempo récord.
El problema de recriminar es que en lugar de centrarnos en el presente, sacamos el archivo de agravios pasados y los ponemos sobre la mesa. Y claro, lo único que conseguimos es que la otra persona se ponga a la defensiva o, directamente, contraataque.
2️⃣ Echar en cara: cuando el «favor» lleva factura
Otra trampa habitual: ayudar a alguien y luego usarlo como moneda de cambio.
«Encima que ayer te hice el favor de recoger tu paquete, ahora me dices esto. Si no fuera por mí, ni te habrías dado cuenta de que había que hacerlo.»
Aquí el problema es que lo que diste ya no era un favor, era un préstamo con intereses. Y cuando haces algo esperando un «pago» a cambio, tarde o temprano acabarás echándolo en cara.
Si ayudas a alguien, hazlo porque quieres, no como argumento para ganar una discusión después.
3️⃣ Sermonear: cuando te conviertes en la profe de la conversación
¿Quién no ha soltado alguna vez un mini discurso con tono de «voy a explicarte la vida porque no te enteras»? «Porque claro, tú lo que tendrías que hacer es organizarte mejor, porque si no, al final siempre te pasa lo mismo y no aprendes. Es que ya te lo he dicho mil veces, pero claro, no escuchas…»
¿Resultado? La otra persona desconecta, se frustra y, en el peor de los casos, se rebela solo por el placer de llevarte la contraria. Nadie quiere sentirse como un niño al que están regañando.
Si queremos que alguien entienda nuestro punto de vista, mejor hablar de forma directa y sencilla, sin necesidad de soltar una charla magistral.
4️⃣ El temido «Trae, ya lo hago yo»
Este es un clásico en cualquier relación, ya sea de pareja, de trabajo o de amistad. «Déjalo, que ya lo hago yo, porque si lo haces tú va a quedar mal.»
A simple vista, parece inofensivo. Pero lo que realmente transmite es: «No confío en que lo hagas bien», «Siempre tengo que arreglarlo yo», o peor aún, «Eres un inútil».
Si delegas algo, deja que la otra persona lo haga a su manera. Y si no te gusta cómo lo hace, enséñale sin menospreciar, porque si cada vez que alguien intenta ayudar lo apartas con un «ya lo hago yo», lo único que conseguirás es que la próxima vez ni lo intente.
5️⃣ «Te lo dije»: la frase que nunca ayuda
Pocas cosas encienden más a alguien que soltarle un «te lo dije» cuando las cosas han salido mal. «Mira, ya sabía yo que esto iba a pasar. Te lo dije.»
Y sí, igual lo dijiste. Igual hasta tenías razón. Pero en ese momento, la otra persona no necesita un trofeo para tu ego, necesita apoyo.
El «te lo dije» no arregla nada. No ayuda. Solo deja claro que estabas esperando el momento para demostrar que tenías razón. Así que, aunque la tentación sea grande, mejor guardárselo y, en su lugar, preguntar: «¿Cómo lo solucionamos?».
Si quieres paz, cambia el enfoque
No se trata de hablar menos ni de guardarse lo que una piensa. Se trata de comunicar mejor.
Si cada vez que surge un tema complicado caes en alguna de estas trampas, es normal que la conversación acabe en discusión. Pero si en lugar de eso hablas con calma, sin reproches y sin poner al otro contra las cuerdas, todo fluirá mucho mejor.
Porque, al final, la clave para evitar los cabreos en una conversación no es callarse, sino elegir mejor las palabras.
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